VI domingo de Pascua (25 de mayo de 2025)



Respuesta al Salmo: 

Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben


Lectura del santo evangelio según san Juan:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado.» Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

Comentario al Evangelio:

En este pasaje del Evangelio de san Juan, Jesús nos habla con ternura antes de su partida. No nos deja solos. Nos promete su presencia viva, no solo en un templo o en lo alto del cielo, sino en el corazón de quien lo ama y guarda su palabra.

Jesús dice: “Vendremos a él y haremos morada en él”. ¡Qué hermosa promesa! Dios no es un visitante que entra y sale; quiere quedarse en nuestra vida, ser parte de nuestra historia, de nuestro día a día. Pero hay una condición: "El que me ama guardará mi palabra". Amar a Jesús no es solo un sentimiento; es vivir según su Evangelio, ponerlo en práctica, confiar en Él incluso cuando la vida se complica.

Y en medio de ese amor fiel, Jesús nos regala algo más: su paz. "La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo". ¿Qué paz es esta? No es la ausencia de problemas, sino la certeza de que Él está con nosotros. Es la calma del corazón que sabe que Dios está al timón, aunque arrecie la tormenta.

Hoy, en este tiempo pascual, cuando celebramos que Cristo ha resucitado, dejemos que su palabra eche raíces en nuestra alma. Acojamos su presencia como quien abre la puerta a un huésped querido. Y abramos el corazón a su paz, esa paz que no se compra ni se pierde, porque viene de Dios.